Donde los sueños personales y profesionales dejan de competir
La universidad existe para construir futuro, ya que en sus aulas se forman profesionales, en sus laboratorios se genera conocimiento y desde sus proyectos de investigación se buscan respuestas a algunos de los desafíos más complejos de la sociedad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre un aspecto igual de relevante: ¿cómo acompañan las universidades los proyectos de vida de quienes hacen posible esa misión? Esta pregunta cobra sentido en un contexto en que Chile experimenta una disminución sostenida de la natalidad, ya que se trata de un fenómeno complejo, influido por factores económicos, sociales, culturales y personales. La evidencia internacional muestra que la decisión de formar una familia no depende únicamente de la estabilidad económica, sino también de la percepción de que es posible compatibilizar el desarrollo profesional con el proyecto de vida personal. Por ejemplo, diversos informes de la OCDE han mostrado que los países que generan mejores condiciones para conciliar trabajo y familia tienden a favorecer tanto el bienestar de las personas como una mayor estabilidad en sus tasas de fecundidad. Por lo tanto, la academia no está ajena a esta realidad; al contrario, posee características que hacen esta reflexión especialmente pertinente.
Además, la carrera académica se desarrolla en un entorno de evaluación permanente, donde publicaciones, proyectos competitivos, formación de estudiantes, redes internacionales, acreditaciones e indicadores forman parte de una dinámica que difícilmente se detiene. Siempre existe un nuevo desafío por alcanzar, un artículo por enviar, un fondo concursable por postular o una nueva responsabilidad institucional que asumir. Mary Ann Mason, Nicholas Wolfinger y Marc Goulden, en su reconocido trabajo Do Babies Matter? Gender and Family in the Ivory Tower, describen una realidad que continúa vigente en muchas universidades: “los años de mayor consolidación de la carrera académica coinciden precisamente con la etapa en que muchas personas toman decisiones sobre formar una familia, no porque ambas dimensiones sean incompatibles, sino porque la estructura de la carrera suele transmitir la sensación de que siempre existe un nuevo hito profesional antes de que llegue el momento adecuado”. Quizás esa sea una de las preguntas más silenciosas que acompañan a muchos académicos y académicas: ¿cuándo será el momento correcto? No solo para tener hijos, sino también para cuidar a un familiar, priorizar la salud, dedicar tiempo a la pareja o simplemente vivir otras dimensiones de la existencia sin sentir que ello representa un retroceso profesional. En el fondo, la reflexión trasciende la maternidad, ya que nos invita a cuestionar cómo entendemos el éxito dentro de la academia y qué tipo de cultura organizacional estamos construyendo.
Por lo tanto, no creo que la respuesta sea enfrentar maternidad y academia como proyectos opuestos. Tampoco pienso que todas las trayectorias deban ser iguales. Cada persona construye su proyecto de vida desde circunstancias, aspiraciones y prioridades distintas, y todas ellas merecen el mismo respeto. El verdadero desafío consiste en construir instituciones donde las distintas etapas de la vida no sean percibidas como interrupciones de la carrera académica, sino como parte natural del desarrollo humano. En otras palabras, universidades donde las personas no sientan que deben elegir entre ser excelentes profesionales o vivir plenamente. Estudios recientes sobre productividad académica y parentalidad muestran precisamente eso: “las diferencias no dependen únicamente del hecho de ser madre o padre, sino, en gran medida, de las condiciones institucionales, las redes de apoyo y la distribución de las responsabilidades de cuidado”. Allí radica una diferencia fundamental. No hablamos de disminuir la exigencia académica, sino de crear entornos que permitan sostener esa excelencia a lo largo del tiempo.
En lo personal, he tenido la fortuna de vivir este proceso acompañada de mi familia, mi esposo, mis colegas, mis estudiantes y mi Facultad, quienes han constituido una red de apoyo que me ha permitido llegar al inicio de mi prenatal desarrollando con tranquilidad mi labor académica. Esa experiencia me ha hecho valorar el impacto que tiene una comunidad cuando comprende que las personas no dejan de ser investigadoras, docentes o líderes de proyectos por atravesar una etapa significativa de sus vidas. También soy consciente de que esa realidad no siempre existe. Muchas personas viven estos procesos con mayores incertidumbres, con menos apoyo o sintiendo la necesidad de demostrar constantemente que su compromiso profesional permanece intacto. Esa diferencia rara vez depende del talento, de la vocación o del esfuerzo individual; con frecuencia depende de algo mucho más profundo, depende de la cultura institucional que somos capaces de construir. Esperar a mi primer hijo no ha disminuido mi pasión por investigar, enseñar o formar estudiantes; lo que sí se ha transformado es mi manera de comprender el éxito académico. Durante muchos años entendí el desarrollo profesional como una sucesión permanente de metas cada vez más exigentes. Hoy creo que una carrera verdaderamente exitosa no es aquella que deja cada vez menos espacio para la vida, sino aquella que puede sostenerse durante décadas porque reconoce que el crecimiento profesional y el crecimiento personal no son dimensiones rivales, sino profundamente complementarias.
Quizás esa sea una conversación que vale la pena abrir en nuestras universidades. No únicamente porque la maternidad forme parte de ella, sino porque nos obliga a reflexionar sobre un desafío mucho mayor: la sostenibilidad de la propia carrera académica. Hablamos con frecuencia de sostenibilidad ambiental, tecnológica o financiera, pero con menos frecuencia nos preguntamos cómo construir trayectorias académicas sostenibles para las personas que generan el conocimiento. Si aspiramos a universidades capaces de liderar los desafíos del futuro, también debemos construir comunidades donde nadie sienta que desarrollar un proyecto de vida personal implica renunciar a un proyecto profesional. Detrás de cada publicación, de cada proyecto adjudicado, de cada clase impartida y de cada estudiante formado hay personas con historias, familias, afectos, responsabilidades y distintas etapas de la vida. Ignorar esa realidad no fortalece a la academia; la empobrece.
Después de todo, el conocimiento más valioso no se construye únicamente en los laboratorios, las aulas o los centros de investigación; también nace de las experiencias humanas que amplían nuestra mirada, fortalecen nuestra empatía y enriquecen nuestra forma de comprender el mundo. Quizás la verdadera excelencia universitaria no consista sólo en producir más conocimiento, sino también en construir instituciones donde ese conocimiento pueda generarse sin que las personas tengan que renunciar a aquello que da sentido a sus propias vidas.